25 enero 2009
12 enero 2009
Magos Reyes
Angelito, 8 años, días después de Reyes: “Mamá, sabes una cosa, cuando yo era pequeño creía que los Reyes Magos eran los padres; pero ahora que ya soy mayor, sé que son de verdad”
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Vida
08 diciembre 2008
Memoria sin tomtom
Aunque no soy melancólico, alguna noche que no duermo, aprovecho para recordar otros tiempos que no comparo con estos. Sería inútil. Sólo observo desde mi cama los dos países que he vivido.
Ayer regresé desde unos Picos cenicientos y lluviosos en 5 horas y 28 minutos. El navegador me resume el trayecto: N621, N625, A231, A66, A55, AP9 y “ha llegado usted a su destino”. El control de velocidad del coche, programado a 120Km/h, me ha permitido llegar sin ser detectado por ningún radar de la DGT. Una cómoda ruta de 500 Km.
Navidades del año 1979. Sin coche. El 27 de Diciembre salimos a las seis de la tarde hacia León. Llegamos a las dos y veinte de la madrugada. Hasta las 8 y media no sale el Fernández hacia Puente Orugo. La hora de llegada: 1 de la tarde. Después hasta Torrebarrio unos 7 Km. caminando.
El 28 de Diciembre la nieve y el hielo cubren los caminos. Viajamos en el autobús rodeados de paisanos adormilados que tal vez regresen, o vayan a celebrar el fin de año a sus hogares. Nieva y a pesar de la prudencia del conductor en una curva helada nos salimos de la carretera. Un susto y algún golpe leve. Nos bajamos todos. Estamos solos en medio de la nevada. Los surcos del derrape parecen resignarse en la cuneta. No hay teléfonos móviles, ni Protección Civil, ni quitanieves. Tampoco helicópteros, 112, ni grúas. Además no esperamos a nadie. Estamos sólo nosotros, con nuestras manos, con nosotros mismos y una pala. Lo único que tenemos. Empujamos, apelmazamos la nieve, empujamos de nuevo (“uuna, doos y tresss”) y al final, entre risas y aplausos, devolvimos el autobús a la carretera. No hay prensa que relate la odisea vivida, ni abogados que interpongan una querella, ni paisanos que denuncien al conductor. Nada de nada. Sólo nosotros.
Subimos de nuevo al coche. Sigue nevando y apenas se ve, pero tenemos que continuar nuestro viaje.
Ayer regresé desde unos Picos cenicientos y lluviosos en 5 horas y 28 minutos. El navegador me resume el trayecto: N621, N625, A231, A66, A55, AP9 y “ha llegado usted a su destino”. El control de velocidad del coche, programado a 120Km/h, me ha permitido llegar sin ser detectado por ningún radar de la DGT. Una cómoda ruta de 500 Km.
Navidades del año 1979. Sin coche. El 27 de Diciembre salimos a las seis de la tarde hacia León. Llegamos a las dos y veinte de la madrugada. Hasta las 8 y media no sale el Fernández hacia Puente Orugo. La hora de llegada: 1 de la tarde. Después hasta Torrebarrio unos 7 Km. caminando.
El 28 de Diciembre la nieve y el hielo cubren los caminos. Viajamos en el autobús rodeados de paisanos adormilados que tal vez regresen, o vayan a celebrar el fin de año a sus hogares. Nieva y a pesar de la prudencia del conductor en una curva helada nos salimos de la carretera. Un susto y algún golpe leve. Nos bajamos todos. Estamos solos en medio de la nevada. Los surcos del derrape parecen resignarse en la cuneta. No hay teléfonos móviles, ni Protección Civil, ni quitanieves. Tampoco helicópteros, 112, ni grúas. Además no esperamos a nadie. Estamos sólo nosotros, con nuestras manos, con nosotros mismos y una pala. Lo único que tenemos. Empujamos, apelmazamos la nieve, empujamos de nuevo (“uuna, doos y tresss”) y al final, entre risas y aplausos, devolvimos el autobús a la carretera. No hay prensa que relate la odisea vivida, ni abogados que interpongan una querella, ni paisanos que denuncien al conductor. Nada de nada. Sólo nosotros.
Subimos de nuevo al coche. Sigue nevando y apenas se ve, pero tenemos que continuar nuestro viaje.
22 agosto 2008
Tiburón
Trabaja asesorando a multinacionales que deciden cuánto pagaremos por el
combustible, si las hipotecas deben subir o bajar, o cuál será el precio de los cereales. Vive entre Madrid, Luxemburgo y Londres y por fin, ahora en vacaciones, puede hablar sólo en español; su idioma nativo.
Los fines de semana descansa machacando su cuerpo con deportes de resistencia. Sólo lee informes profesionales y es simpática, jovial e inculta como ella reconoce sin ningún rubor.
Hoy quiere escalar con nosotros porque le intriga nuestra pasión. Le advierto de que ascenderemos 1.700 metros antes de encaramarnos a la roca, de que cruzaremos un glaciar, del vértigo de unos abismos que aterrarían al profesor Lidenbrock. Pero nada la asusta y nos pide que la llevemos hasta la cumbre.
Subimos a la flecha de piedra y en su cima puntiaguda, atada a mí, me gritó: ¡Nunca he vivido nada tan excitante! ¡Soy feliz! mientras abajo, en el valle, el precio de los cereales se desplomaba en picado.
Los fines de semana descansa machacando su cuerpo con deportes de resistencia. Sólo lee informes profesionales y es simpática, jovial e inculta como ella reconoce sin ningún rubor.
Hoy quiere escalar con nosotros porque le intriga nuestra pasión. Le advierto de que ascenderemos 1.700 metros antes de encaramarnos a la roca, de que cruzaremos un glaciar, del vértigo de unos abismos que aterrarían al profesor Lidenbrock. Pero nada la asusta y nos pide que la llevemos hasta la cumbre.
Subimos a la flecha de piedra y en su cima puntiaguda, atada a mí, me gritó: ¡Nunca he vivido nada tan excitante! ¡Soy feliz! mientras abajo, en el valle, el precio de los cereales se desplomaba en picado.
10 julio 2008
Conceptista
Verano y es mediodía. El sol y su calorcito me acompañan a comprar el periódico. Después iré hasta la librería a buscar el libro de Hohl.
Al cruzar la plaza veo a una veinteañera vestida con una microfalda y una camiseta “palabra de honor” que le acotan someramente las fronteras de su país soñado. De reojo se espía en los escaparates, y disgustada con la elipsis de su indumentaria, se aplica unos disimulados tironcillos para bajarse la falda y subirse la camiseta, con la evidente intención de corregir los devaneos de su atuendo. Sin duda, sería más divertido para los paseantes que se corrigiese a la inversa; pero, seguro también, que este pequeño disgusto le enseñará que administrar la tensión entre el adjetivo y el sustantivo esconde el secreto de una historia bien contada.
Al cruzar la plaza veo a una veinteañera vestida con una microfalda y una camiseta “palabra de honor” que le acotan someramente las fronteras de su país soñado. De reojo se espía en los escaparates, y disgustada con la elipsis de su indumentaria, se aplica unos disimulados tironcillos para bajarse la falda y subirse la camiseta, con la evidente intención de corregir los devaneos de su atuendo. Sin duda, sería más divertido para los paseantes que se corrigiese a la inversa; pero, seguro también, que este pequeño disgusto le enseñará que administrar la tensión entre el adjetivo y el sustantivo esconde el secreto de una historia bien contada.
12 junio 2008
CH3 (Grupo Metilo)
Soy viudo, tengo casi 50 años y soy profesor de Química. No, no me gusta.
Profesor de Química, viudo y casi 50 años. Tampoco. Parece el anuncio de un contacto. En fin, que no sirvo para la literatura ni para el sentimentalismo. Prefiero las fórmulas. Sobre todo las de química orgánica. Me expreso mejor con ellas.
Quiero decir que me he enamorado de una alumna de segundo de bachillerato, encima es repetidora, vamos que tiene 18 años que no soy un menorero ni nada por el estilo. Además, como he recibido una educación bastante antigua, lo primero que hice cuando supe que no era un capricho, fue hablar con su madre, una mujer divorciada dos años más joven que yo que al principio no salió de su asombro pero que me pidió conocerme mejor antes de dar su consentimiento, y por eso comencé a quedar con la madre para poder salir con su hija. Un poco de locos la situación, pero el caso es que ahora, después de casi 8 meses, la madre me visita unos días y la hija viene otros. Nunca se cruzan ni hablamos sobre eso pero creo que entre ellas, sin decirse nada, han llegado a la extraña fórmula que estoy viviendo.
Profesor de Química, viudo y casi 50 años. Tampoco. Parece el anuncio de un contacto. En fin, que no sirvo para la literatura ni para el sentimentalismo. Prefiero las fórmulas. Sobre todo las de química orgánica. Me expreso mejor con ellas.
Quiero decir que me he enamorado de una alumna de segundo de bachillerato, encima es repetidora, vamos que tiene 18 años que no soy un menorero ni nada por el estilo. Además, como he recibido una educación bastante antigua, lo primero que hice cuando supe que no era un capricho, fue hablar con su madre, una mujer divorciada dos años más joven que yo que al principio no salió de su asombro pero que me pidió conocerme mejor antes de dar su consentimiento, y por eso comencé a quedar con la madre para poder salir con su hija. Un poco de locos la situación, pero el caso es que ahora, después de casi 8 meses, la madre me visita unos días y la hija viene otros. Nunca se cruzan ni hablamos sobre eso pero creo que entre ellas, sin decirse nada, han llegado a la extraña fórmula que estoy viviendo.
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Vida
17 mayo 2008
Regañina
Me llaman Juan y Ángel, dos amigos que encarnan lo que Aristóteles afirmaba de la amistad: un alma en dos cuerpos. Comemos juntos y charlamos animadamente sobre discrepancias políticas y otras amistades. Felicidad compartida.
Me reprochan lo poco que escribo en este blog. Es cierto. Ángel lo achaca al espíritu adormecedor de la ciudad en la que vivo. Yo lo niego, pero Juan asiente y su silencio confirma que el diagnóstico le parece acertado. Sin embargo, yo no viviría en otro sitio. Me gustan sus calles antiguas, dibujadas con el trazo firme que resigue los caminos naturales, los que se adivinan bajo los pies. Calles que son afluentes mansos del río que nos abraza. Sendas que invitan al paseo, a la navegación lenta que demora el regreso a casa en sus plazas de charla sosegada.
Llegan de fuera y quedo con ellos donde siempre, en la terraza de las noches veraniegas. Acudo alegre a verlos y allí están, charlando bajo el sol pálido de mayo sin saber aún que pronto me reprocharán esta sequía escritora.
Llegan de fuera y quedo con ellos donde siempre, en la terraza de las noches veraniegas. Acudo alegre a verlos y allí están, charlando bajo el sol pálido de mayo sin saber aún que pronto me reprocharán esta sequía escritora.
14 marzo 2008
Ascensor
— Cómo pasa el tiempo. Hace nada era Navidad y ya estamos en Semana Santa.
— Si. Lo malo es que el curso cabalga a lomos de la vida.
— Nos hacemos viejos...
— Consuélate. Hoy es el día más joven de los que te quedan.
— Ya lo sé. Pero tengo presbicia.
— Si. Lo malo es que el curso cabalga a lomos de la vida.
— Nos hacemos viejos...
— Consuélate. Hoy es el día más joven de los que te quedan.
— Ya lo sé. Pero tengo presbicia.
06 marzo 2008
Sospecha
Salí tarde de la tienda. En invierno anochece temprano y las calles se vacían pronto. Delante de mí camina una mujer morena. Lleva una chaqueta negra y una falda de cuadros rojos y negros, y por su aspecto aparenta unos cuarenta años. Su taconeo se amplifica en la calle solitaria. Mira de reojo hacia atrás. Supongo que me ve y para no molestarla aminoro mi paso para aumentar la distancia entre ambos. No debe ser cómodo sentirse seguida por un extraño. Parece que llevamos el mismo camino. Al final de la calle, a mano izquierda, hay una alameda que aprovecho para cruzar en diagonal mientras ella, prudentemente, la bordea. La adelanto. Ahora es ella la que me queda detrás y su taconeo suena a mi espalda. Se ha invertido la posición y continúo más tranquilo. Sólo me faltan unas callejuelas para llegar a casa pero ahora escucho que el taconeo de la mujer se apresura, se acerca... me vuelvo.
– Perdone señor. Es que me da miedo cruzar sola estos callejones.
La acompaño hasta el portal de su casa. Me da las gracias y a los pocos minutos también llego a la mía.
– Perdone señor. Es que me da miedo cruzar sola estos callejones.
La acompaño hasta el portal de su casa. Me da las gracias y a los pocos minutos también llego a la mía.
06 febrero 2008
Mi casa
Nos construimos con el material que tenemos a mano. El terreno, la forja y los cimientos nos vienen dados por la herencia; pero mampostería, muebles y ornato lo escogemos nosotros según el gusto, apetencia y posibilidades de cada uno. La dignidad del edificio es nuestra responsabilidad.
En mi casa, alquilada como lo es la vida, hay varias habitaciones con un cartelillo en el dintel que informa de cual es su uso. Según se entra, a la izquierda, está la sala de la Filosofía, repleta de libros que me ocupan días de feliz estudio; de la Ciencia, una hija muy querida de la señora anterior, y de las Aficiones, en las que acuarelo papeles y garabateo improbables publicaciones. Paso muchas horas en este recinto desordenado y querido en el que ahora escribo mientras afuera llueve.
A la derecha está el salón de la Literatura, de la Poesía, de la Música y el Cine. Allí, en mi sofá acogedor, leo, escucho y veo las obras que algún día me permitirán abandonar mi cultura palafítica.
Al fondo del pasillo está la habitación de Montaña. En ella hay libros — bueno para ser sincero libros los hay en toda la casa, pasillo incluido—; quiero decir, que en esa habitación sólo hay libros montañeros, revistas, planos, además de hierros, pinchos y cuerdas para trepar por los riscos que frecuento.
Por último está la habitación más importante de la casa. Dentro no hay nada, está vacía y permanece tan cerrada y prohibida como la de Barba Azul. El cartelillo pone: Ajedrez.
La cerré a los diecisiete años después de tres acontecimientos casi consecutivos: soñar obsesivamente que la vida era un tablero de escaques blancos y negros, ganarle a un campeón local y, en el café Avenida de Santiago, hacer tablas con un jugador federado delante de un numeroso público que me auguró un gran porvenir ajedrecístico. Ese día comprendí que el Ajedrez no era una pasión solitaria, y que un contrincante era una multitud excesiva para mi carácter. Aquel día cerré la habitación para siempre y nunca la he vuelto a abrir.
En mi casa, alquilada como lo es la vida, hay varias habitaciones con un cartelillo en el dintel que informa de cual es su uso. Según se entra, a la izquierda, está la sala de la Filosofía, repleta de libros que me ocupan días de feliz estudio; de la Ciencia, una hija muy querida de la señora anterior, y de las Aficiones, en las que acuarelo papeles y garabateo improbables publicaciones. Paso muchas horas en este recinto desordenado y querido en el que ahora escribo mientras afuera llueve.
A la derecha está el salón de la Literatura, de la Poesía, de la Música y el Cine. Allí, en mi sofá acogedor, leo, escucho y veo las obras que algún día me permitirán abandonar mi cultura palafítica.
Al fondo del pasillo está la habitación de Montaña. En ella hay libros — bueno para ser sincero libros los hay en toda la casa, pasillo incluido—; quiero decir, que en esa habitación sólo hay libros montañeros, revistas, planos, además de hierros, pinchos y cuerdas para trepar por los riscos que frecuento.
Por último está la habitación más importante de la casa. Dentro no hay nada, está vacía y permanece tan cerrada y prohibida como la de Barba Azul. El cartelillo pone: Ajedrez.
La cerré a los diecisiete años después de tres acontecimientos casi consecutivos: soñar obsesivamente que la vida era un tablero de escaques blancos y negros, ganarle a un campeón local y, en el café Avenida de Santiago, hacer tablas con un jugador federado delante de un numeroso público que me auguró un gran porvenir ajedrecístico. Ese día comprendí que el Ajedrez no era una pasión solitaria, y que un contrincante era una multitud excesiva para mi carácter. Aquel día cerré la habitación para siempre y nunca la he vuelto a abrir.
30 enero 2008
Capitán
Es cierto que la violencia escolar refleja la de la sociedad. En la época franquista la violencia la ejercían los profesores autoritarios y reprimidos –no todos lo eran, claro—, y hoy la practican mozalbetes cuya vida ya viene rota de fábrica.
La violencia en las aulas no es mayor que la que se puede encontrar en la ciudad. Sólo varía el espacio, pequeño, que te impide cambiar de acera cuando adivinas una bronca. En clase, el violento convive próximo a nosotros y afrontar una hora de insultos, desprecio y vejaciones es una tortura que sólo los que la sufren pueden comprenderla hondamente. Conozco a una profesora que ha tenido que cambiarse de ciudad para poder vivir normalmente. También conozco alumnos que han sufrido el mismo suplicio.
¿Qué hacer para resolver esto? No lo sé. Confieso que hace años un alumno me insultó gravemente en el aula, que yo lo estrellé contra la pared y que desde ese momento se convirtió en mi perrito faldero. Mi prestigio entre los macarras se catapultó hasta conseguir que mi presencia fuera sinónimo de silencio.
Claro que para prestigio el de R, capitán de la marina mercante bregado en galernas y tripulaciones de medio pelo. Por su especialidad impartía mecánica a los alumnos de garantía social, una especie de sumidero al que se envían los estudiantes que se niegan a estudiar para darles algún certificado. El grupo que le tocó a R. estaba formado por los imbéciles e idiotas que convierten su ignorancia en virtud. Cuanto más acémilas mejor, y estar con ellos es un ejercicio de paciencia que no todos los profesores soportan. Algunos han dejado la enseñanza, pero R tenía mucho mar encima y el follón estúpido de aquellos grumetes no lo acobardó. Al tercer día de clase, aún en la fase de tienta del profesor, el capitán pidió silencio varias veces y como no lo obtuvo metió la mano en su sobaco, extrajo un revólver que resplandeció ante los granujas de garantía social y de nuevo les pidió que se callaran. Se quedaron paralizados y no fueron necesarias más peticiones. Desde aquel día también a R, lo acompaña el silencio en sus clases.
La violencia en las aulas no es mayor que la que se puede encontrar en la ciudad. Sólo varía el espacio, pequeño, que te impide cambiar de acera cuando adivinas una bronca. En clase, el violento convive próximo a nosotros y afrontar una hora de insultos, desprecio y vejaciones es una tortura que sólo los que la sufren pueden comprenderla hondamente. Conozco a una profesora que ha tenido que cambiarse de ciudad para poder vivir normalmente. También conozco alumnos que han sufrido el mismo suplicio.
¿Qué hacer para resolver esto? No lo sé. Confieso que hace años un alumno me insultó gravemente en el aula, que yo lo estrellé contra la pared y que desde ese momento se convirtió en mi perrito faldero. Mi prestigio entre los macarras se catapultó hasta conseguir que mi presencia fuera sinónimo de silencio.
Claro que para prestigio el de R, capitán de la marina mercante bregado en galernas y tripulaciones de medio pelo. Por su especialidad impartía mecánica a los alumnos de garantía social, una especie de sumidero al que se envían los estudiantes que se niegan a estudiar para darles algún certificado. El grupo que le tocó a R. estaba formado por los imbéciles e idiotas que convierten su ignorancia en virtud. Cuanto más acémilas mejor, y estar con ellos es un ejercicio de paciencia que no todos los profesores soportan. Algunos han dejado la enseñanza, pero R tenía mucho mar encima y el follón estúpido de aquellos grumetes no lo acobardó. Al tercer día de clase, aún en la fase de tienta del profesor, el capitán pidió silencio varias veces y como no lo obtuvo metió la mano en su sobaco, extrajo un revólver que resplandeció ante los granujas de garantía social y de nuevo les pidió que se callaran. Se quedaron paralizados y no fueron necesarias más peticiones. Desde aquel día también a R, lo acompaña el silencio en sus clases.
24 enero 2008
Encrucijadas
¡Cuántos caminos podemos explorar en la infancia! La aventura se vive en cualquiera senda y en cualquier bosquecillo se oculta una selva. Yo escogí algunos, pero otros se me aparecieron azarosamente como un rastro leve que perdí a los pocos pasos. ¿Y si hubiese continuado? ¿Dónde estaría hoy?
El primer desnudo que recuerdo —no lo he olvidado nunca— me cayó del cielo cuando al cruzar corriendo el puente sobre la piscina, vi un cuerpo de leche sentado en la hierba. El halcón de mi corazón plegó las alas arrojándose en picado al suelo. Azorado me arrastré bajo el pretil para espiar a la niña, pero su madre, distraída, ya la tapaba con una toalla. Nos miramos en silencio desde la distancia insalvable de dos veraneantes que se cruzan un segundo en toda la vida. De haberla conocido ¿qué habría sido de nosotros?
Semanas más tarde se unió a la pandilla D, una asturiana pecosa y con dos trenzas saltarinas que yo me empeñaba en anudar sobre su cabeza. Era tan guapa que no me atrevía a mirarle a los ojos. Yo la seguía embobado y de su mano visité rincones desconocidos del pueblo. También supe dónde quedaba exactamente el corazón y que no podía besarla porque me ahogaba. Al terminarse el verano, el día que se marchó, prometimos vernos siempre. Fue nuestro último verano.
Años después supe que D no había sido feliz. Que se casó malamente y que tuvo un hijo que un día le dejó a su madre mientras ella buscaba su camino estrellándose contra un camión.
El primer desnudo que recuerdo —no lo he olvidado nunca— me cayó del cielo cuando al cruzar corriendo el puente sobre la piscina, vi un cuerpo de leche sentado en la hierba. El halcón de mi corazón plegó las alas arrojándose en picado al suelo. Azorado me arrastré bajo el pretil para espiar a la niña, pero su madre, distraída, ya la tapaba con una toalla. Nos miramos en silencio desde la distancia insalvable de dos veraneantes que se cruzan un segundo en toda la vida. De haberla conocido ¿qué habría sido de nosotros?
Semanas más tarde se unió a la pandilla D, una asturiana pecosa y con dos trenzas saltarinas que yo me empeñaba en anudar sobre su cabeza. Era tan guapa que no me atrevía a mirarle a los ojos. Yo la seguía embobado y de su mano visité rincones desconocidos del pueblo. También supe dónde quedaba exactamente el corazón y que no podía besarla porque me ahogaba. Al terminarse el verano, el día que se marchó, prometimos vernos siempre. Fue nuestro último verano.
Años después supe que D no había sido feliz. Que se casó malamente y que tuvo un hijo que un día le dejó a su madre mientras ella buscaba su camino estrellándose contra un camión.
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Vida
12 enero 2008
Obituario
Sir Edmund Hillary y Ángel González. Dos extremos que me tocan
05 enero 2008
Informe PISA
Los he visto en Navidad. Han pasado 15 años y no me habló de sus coches: ahora juega al golf, sus abogados se encargan de sus negocios y está más gordo. Tiene otra hija y la que yo conocí ya es una jovencita universitaria preocupada por “qué me pongo” y por su nuevo Mini que ha preferido al Audi A3.
Los vi recién llegados de Londres. Sólo me detallaron su visita al mausoleo del novio de Lady Di en Harrods: la madre y la niña se explayaron en lo que entendí –seguramente mal, como tantas veces— es rococó de purpurina. No sé; nunca iré a verlo.
El fin de año en Baqueira y después la madre y las dos hijas a París, a Disney…
Me despedí hasta la próxima vez y no me imagino cómo seremos dentro de 15 años.
Los vi recién llegados de Londres. Sólo me detallaron su visita al mausoleo del novio de Lady Di en Harrods: la madre y la niña se explayaron en lo que entendí –seguramente mal, como tantas veces— es rococó de purpurina. No sé; nunca iré a verlo.
El fin de año en Baqueira y después la madre y las dos hijas a París, a Disney…
Me despedí hasta la próxima vez y no me imagino cómo seremos dentro de 15 años.
30 diciembre 2007
Obispo
Estoy de acuerdo con el obispo de Tenerife Bernardo Álvarez: las tentaciones son irresistibles. Lo sabíamos bien los niños malos que escapábamos de las caricias del padre prefecto, de las fotos que Pachocha te sacaba para su álbum íntimo o de las excursiones de Topolino por las duchas del vestuario. Los niños malos huíamos con nuestras risas maliciosas, con nuestras lascivias infantiles; pero los niños buenos, en cambio, eran inocentes y por eso el padre prefecto les metía la mano en la bragueta para masturbarse, y Pachocha los llevaba a su celda para fotografiarlos desnudos, y Topolino se abrazaba a ellos con la misma pasión que el padre P. los besaba. Comprendo al preocupado obispo de Tenerife: los niños malos van al infierno porque no son buenos.
15 noviembre 2007
Solpor
Ya anochece pero el cielo y el mar aún conservan la última pincelada del sol. No hace frío y las gaviotas alborotan el aire al retirarse. Nosotros también regresamos a casa deslumbrados por la belleza del paisaje. Conducimos arrullados por el silencio de la emociones vividas en los cantiles mientras los demás coches nos adelantan con sus niños absortos en los DVD de los asientos.
04 noviembre 2007
Nueva Cocina
La sociedad occidental se ha tecnificado tanto, que para mover toneladas de roca o perforar túneles cavernosos sólo ha de manejarse la palanquita de una máquina gigantesca. Este enorme avance ha transformado a la “fuerza de trabajo” en una panda de comodones incapaces, no ya de la revolución, sino de zamparse un reparador cocido. Tamaño decaimiento calórico llenó de melancolía los figones que vieron como sus tarteras regresaban casi llenas de las otrora mesas proletarias.
Afortunadamente algunos visionarios hallaron la salida de su tristeza en una especie de involución ptolemaica en la que el comensal cedía su protagonismo a la blancura circular del gran plato, en cuyo microcentro cristalizaba la nueva ración de los nuevos alfeñiques. Lo diminuto, lo liviano, lo excéntrico, pasó a convertirse en la consigna protagonista de los líderes gastronómicos. Y así la espuma de cocido sustituyó al cocido, los higaditos al hígado y el nitrógeno a la salsa. ¡Se había descubierto un nuevo mundo sin calorías! A partir de ese hallazgo el adjetivo sería sustantivo, el nombre objeto, el adorno sujeto y los cocineros gurús. Tanto éxito tuvo la fórmula de lo mínimo y de los alimentos bajos en calorías que pronto se aplicó al resto de oficios en crisis. La Literatura se convirtió en premios de literatura, el Arte en fascículos y visitas guiadas a los museos, y la Ciencia en la divertida casa de todos. Un mundo de comensales felices.
Tal vez por esto algunos raros, avergonzados de su apetito, busquen tascas y tabernas en las que poder sopetear una salsa.
Afortunadamente algunos visionarios hallaron la salida de su tristeza en una especie de involución ptolemaica en la que el comensal cedía su protagonismo a la blancura circular del gran plato, en cuyo microcentro cristalizaba la nueva ración de los nuevos alfeñiques. Lo diminuto, lo liviano, lo excéntrico, pasó a convertirse en la consigna protagonista de los líderes gastronómicos. Y así la espuma de cocido sustituyó al cocido, los higaditos al hígado y el nitrógeno a la salsa. ¡Se había descubierto un nuevo mundo sin calorías! A partir de ese hallazgo el adjetivo sería sustantivo, el nombre objeto, el adorno sujeto y los cocineros gurús. Tanto éxito tuvo la fórmula de lo mínimo y de los alimentos bajos en calorías que pronto se aplicó al resto de oficios en crisis. La Literatura se convirtió en premios de literatura, el Arte en fascículos y visitas guiadas a los museos, y la Ciencia en la divertida casa de todos. Un mundo de comensales felices.
Tal vez por esto algunos raros, avergonzados de su apetito, busquen tascas y tabernas en las que poder sopetear una salsa.
06 octubre 2007
Cita

La tinta ya palidece en mi cuaderno de 2001. El año de la odisea espacial, un 11 de febrero, apunté una cita de W. Faulkner. Un texto recordado, tal vez leído en los ochenta, en los Relatos de Bruguera; nada literal. Un sarcasmo homérico de mi parca memoria.
Pensé entonces en la mujer de treinta años, símbolo de la antigua y eterna serpiente, que quienes son capaces, actúan, y aquellos que no lo son, y sufren suficientemente por no serlo, escriben sobre ella.
10 septiembre 2007
Inter pares

Me contaba mi abuelo que en los primeros años del siglo pasado, en una visita del rey Alfonso XIII a Galicia, le presentaron a Don Rufino, el párroco de A Pobra do Caramiñal. Este, al saludarle, le preguntó con familiaridad de clérigo rural: ¡Hola Alfonsito! ¿Qué tal está mamá? La respuesta, que la hubo, la he olvidado.
Mi abuelo, suscriptor de La Codorniz, se desternillaba al contarme esta anécdota.
Pero la que más gracia le causaba era la del cura de Noia que en una misa, desde el púlpito, levantando el dedo de la mano derecha advertía a los fieles con voz salida del tabernáculo: Decía Jesucristo, y yo estoy de acuerdo con él, que… mi abuelo se tronchaba.
04 septiembre 2007
Templarios
Me considero un conductor kantiano, o cartesiano si el alemán suena a demasiado riguroso. Cuando hay una señal de 50 yo circulo a 50 y si es de 120 igual. Con un cuentakilómetros anual que ronda la cifra de 40.000 no puedo estar pendiente de los puntos, de los radares, o de los guardias agazapados entre la maleza. Cumplo lo que dicta la norma y viajo sin preocuparme de multas, retiradas de carné y demás amenazas.
Este domingo, al regresar de un viaje exploratorio por los recovecos galaicos; circulando en una paciente caravana, vi a través del retrovisor un rosario de luces que rugía al adelantar a los coches. Eran motoristas de motos caras y potentes, embutidos en sus monos de cuero, montados en unas máquinas enormes; acordes con la edad de sus pilotos. Su diversión consistía en adelantarnos aparatosamente sin importarles las curvas, la raya continua, o el límite de velocidad impuesto. Todos juntos, bramando y escandalizando a las ancianas que tomaban el sol en las aceras. Una hazaña.
A los pocos kilómetros me los encuentro parados, interrumpiendo el tráfico en medio de la calle. Toco la bocina para que se aparten y el que parecía el jefe, un hombre de unos 40 años, me mira con la mirada colérica que provocan los estorbos cuando uno se cree el rey de la carretera. Yo también lo miré con la mirada colérica que me provocan los imbéciles. Se apartó haciendo rugir su moto como un dragón dispuesto a comerme. Continué mi camino y de pronto, al cruzar un puente, me acordé de la Edad Media y sus órdenes militares.
Este domingo, al regresar de un viaje exploratorio por los recovecos galaicos; circulando en una paciente caravana, vi a través del retrovisor un rosario de luces que rugía al adelantar a los coches. Eran motoristas de motos caras y potentes, embutidos en sus monos de cuero, montados en unas máquinas enormes; acordes con la edad de sus pilotos. Su diversión consistía en adelantarnos aparatosamente sin importarles las curvas, la raya continua, o el límite de velocidad impuesto. Todos juntos, bramando y escandalizando a las ancianas que tomaban el sol en las aceras. Una hazaña.
A los pocos kilómetros me los encuentro parados, interrumpiendo el tráfico en medio de la calle. Toco la bocina para que se aparten y el que parecía el jefe, un hombre de unos 40 años, me mira con la mirada colérica que provocan los estorbos cuando uno se cree el rey de la carretera. Yo también lo miré con la mirada colérica que me provocan los imbéciles. Se apartó haciendo rugir su moto como un dragón dispuesto a comerme. Continué mi camino y de pronto, al cruzar un puente, me acordé de la Edad Media y sus órdenes militares.
21 agosto 2007
Moralia
En el norte de España se disputa una competición de deporte rural que consiste en que una pareja de bueyes arrastre por el campo un peso cercano a las dos toneladas. El pastor azuza y guía a los bueyes que tiran encorvando sus cuerpos de músculos entrenados. Cuando por algún escollo del terreno no pueden continuar –cuenta el pastor en el reportaje de televisión— el buey listo se para y no empuja más. Sin embargo, el buey tonto sigue insistiendo inútilmente hasta la extenuación. Con los belfos espumados y la mirada perdida, el buey tonto y el pastor triste se retiran derrotados de la prueba. Los acompaña el buey listo, seguramente distraído en sus cavilaciones bovinas.
19 julio 2007
Boy scout
A los seis años se está descubriendo el mundo. Las voces desconocidas, el olor de las habitaciones en las que nunca entraste, los colores de las nubes que nunca viste, te sorprenden e intrigan a la vez. Hay tantos misterios, tantos caminos que explorar. Conviene que alguien te guíe, que te acompañe en la expedición diaria que representa la vida a esa edad. Hacerlo solo retrasa el aprendizaje, lo entorpece con temores y dudas que otros ya han resuelto. M, mi niñera; una jovencita de dieciocho años, me enseñó algo que sin ella tardaría mucho en conocer.
Todas las noches, después de darme la cena y contarme un cuento, me acostaba. Después venía mi abuela y rezábamos juntos el “Jesusito de mi vida” y al final, cuando ya había terminado el libro de cada noche, se acercaba el yayo de puntillas y me daba otro beso pequeñito, que era la señal para dormirme.
Pero una noche M se echó a mi lado y me dijo: ¡Estoy tan enfermita! Yo, dispuesto a jugar, me subí sobre su vientre y le tomé la fiebre como hacía mi abuelo con los enfermos.
- Si doctor, no me encuentro bien: me duele aquí — y se señaló la garganta.
- Habrá que mirarla – le dije mientras le abría el botón de la camisa. Noté como si una lagartija corretease entre las piedras, algo que nunca había sentido hasta ese momento.
- Es por aquí, doctor – le abrí otro botón más, y percibí que su cuerpo se esponjaba cuando le pedí que respirase. Me señaló un punto más abajo: es aquí…, cerca del corazón… y yo le puse mi mano donde me indicó, y sentí sus palpitaciones como si latiesen en mi pecho cuando de pronto llamaron a M desde abajo. Dio un salto, se abrochó la camisa, me arropó, y yo noté en el aire y en su azoramiento, que habíamos entrado juntos en una habitación mágica a la que tardaría muchos años en volver.
Todas las noches, después de darme la cena y contarme un cuento, me acostaba. Después venía mi abuela y rezábamos juntos el “Jesusito de mi vida” y al final, cuando ya había terminado el libro de cada noche, se acercaba el yayo de puntillas y me daba otro beso pequeñito, que era la señal para dormirme.
Pero una noche M se echó a mi lado y me dijo: ¡Estoy tan enfermita! Yo, dispuesto a jugar, me subí sobre su vientre y le tomé la fiebre como hacía mi abuelo con los enfermos.
- Si doctor, no me encuentro bien: me duele aquí — y se señaló la garganta.
- Habrá que mirarla – le dije mientras le abría el botón de la camisa. Noté como si una lagartija corretease entre las piedras, algo que nunca había sentido hasta ese momento.
- Es por aquí, doctor – le abrí otro botón más, y percibí que su cuerpo se esponjaba cuando le pedí que respirase. Me señaló un punto más abajo: es aquí…, cerca del corazón… y yo le puse mi mano donde me indicó, y sentí sus palpitaciones como si latiesen en mi pecho cuando de pronto llamaron a M desde abajo. Dio un salto, se abrochó la camisa, me arropó, y yo noté en el aire y en su azoramiento, que habíamos entrado juntos en una habitación mágica a la que tardaría muchos años en volver.
13 julio 2007
Marxismo
Cuando los camareros son más educados que los clientes, y los coches más elegantes que sus dueños, la superestructura se sube a cuatro patas sobre la infraestructura.
04 julio 2007
ATL
Supongo que los filólogos disfrutan, o sufren, ante la cantidad de acrónimos que desean figurar en el diccionario. Es un torbellino de siglas que se obstinan en lograr una entradita sustantiva en el DRAE. Si la consiguen, dentro de muchos años, su historia formará parte de la etimología, y otros filólogos, tal vez, se preguntarán cuál fue el origen de esta costumbre tan electrónica de usar Acrónimos de Tres Letras.
Un ejemplo diario lo representa el nacimiento de un nombre derivado de USB, que por ahora, y tal vez fue así siempre, vacila entre llamarse “lápiz”, “uesebe” “llavero”, “memoria”, “pendrive”, etc. Yo, quizá por su aroma de bajo fondo, le llamo “pincho”, y sentir sus cachas de plástico en el bolsillo, me tranquiliza tanto que no puedo salir sin él.
Un ejemplo diario lo representa el nacimiento de un nombre derivado de USB, que por ahora, y tal vez fue así siempre, vacila entre llamarse “lápiz”, “uesebe” “llavero”, “memoria”, “pendrive”, etc. Yo, quizá por su aroma de bajo fondo, le llamo “pincho”, y sentir sus cachas de plástico en el bolsillo, me tranquiliza tanto que no puedo salir sin él.