24 abril 2008

Madrid

Ya pasaron

14 marzo 2008

Ascensor

— Cómo pasa el tiempo. Hace nada era Navidad y ya estamos en Semana Santa.
— Si. Lo malo es que el curso cabalga a lomos de la vida.
— Nos hacemos viejos...
— Consuélate. Hoy es el día más joven de los que te quedan.
— Ya lo sé. Pero tengo presbicia.

06 marzo 2008

Sospecha

Salí tarde de la tienda. En invierno anochece temprano y las calles se vacían pronto. Delante de mí camina una mujer morena. Lleva una chaqueta negra y una falda de cuadros rojos y negros, y por su aspecto aparenta unos cuarenta años. Su taconeo se amplifica en la calle solitaria. Mira de reojo hacia atrás. Supongo que me ve y para no molestarla aminoro mi paso para aumentar la distancia entre ambos. No debe ser cómodo sentirse seguida por un extraño. Parece que llevamos el mismo camino. Al final de la calle, a mano izquierda, hay una alameda que aprovecho para cruzar en diagonal mientras ella, prudentemente, la bordea. La adelanto. Ahora es ella la que me queda detrás y su taconeo suena a mi espalda. Se ha invertido la posición y continúo más tranquilo. Sólo me faltan unas callejuelas para llegar a casa pero ahora escucho que el taconeo de la mujer se apresura, se acerca... me vuelvo.

– Perdone señor. Es que me da miedo cruzar sola estos callejones.

La acompaño hasta el portal de su casa. Me da las gracias y a los pocos minutos también llego a la mía.

06 febrero 2008

Mi casa

Nos construimos con el material que tenemos a mano. El terreno, la forja y los cimientos nos vienen dados por la herencia; pero mampostería, muebles y ornato lo escogemos nosotros según el gusto, apetencia y posibilidades de cada uno. La dignidad del edificio es nuestra responsabilidad.
En mi casa, alquilada como lo es la vida, hay varias habitaciones con un cartelillo en el dintel que informa de cual es su uso. Según se entra, a la izquierda, está la sala de la Filosofía, repleta de libros que me ocupan días de feliz estudio; de la Ciencia, una hija muy querida de la señora anterior, y de las Aficiones, en las que acuarelo papeles y garabateo improbables publicaciones. Paso muchas horas en este recinto desordenado y querido en el que ahora escribo mientras afuera llueve.
A la derecha está el salón de la Literatura, de la Poesía, de la Música y el Cine. Allí, en mi sofá acogedor, leo, escucho y veo las obras que algún día me permitirán abandonar mi cultura palafítica.
Al fondo del pasillo está la habitación de Montaña. En ella hay libros — bueno para ser sincero libros los hay en toda la casa, pasillo incluido—; quiero decir, que en esa habitación sólo hay libros montañeros, revistas, planos, además de hierros, pinchos y cuerdas para trepar por los riscos que frecuento.
Por último está la habitación más importante de la casa. Dentro no hay nada, está vacía y permanece tan cerrada y prohibida como la de Barba Azul. El cartelillo pone: Ajedrez.
La cerré a los diecisiete años después de tres acontecimientos casi consecutivos: soñar obsesivamente que la vida era un tablero de escaques blancos y negros, ganarle a un campeón local y, en el café Avenida de Santiago, hacer tablas con un jugador federado delante de un numeroso público que me auguró un gran porvenir ajedrecístico. Ese día comprendí que el Ajedrez no era una pasión solitaria, y que un contrincante era una multitud excesiva para mi carácter. Aquel día cerré la habitación para siempre y nunca la he vuelto a abrir.

30 enero 2008

Capitán

Es cierto que la violencia escolar refleja la de la sociedad. En la época franquista la violencia la ejercían los profesores autoritarios y reprimidos –no todos lo eran, claro—, y hoy la practican mozalbetes cuya vida ya viene rota de fábrica.
La violencia en las aulas no es mayor que la que se puede encontrar en la ciudad. Sólo varía el espacio, pequeño, que te impide cambiar de acera cuando adivinas una bronca. En clase, el violento convive próximo a nosotros y afrontar una hora de insultos, desprecio y vejaciones es una tortura que sólo los que la sufren pueden comprenderla hondamente. Conozco a una profesora que ha tenido que cambiarse de ciudad para poder vivir normalmente. También conozco alumnos que han sufrido el mismo suplicio.

¿Qué hacer para resolver esto? No lo sé. Confieso que hace años un alumno me insultó gravemente en el aula, que yo lo estrellé contra la pared y que desde ese momento se convirtió en mi perrito faldero. Mi prestigio entre los macarras se catapultó hasta conseguir que mi presencia fuera sinónimo de silencio.

Claro que para prestigio el de R, capitán de la marina mercante bregado en galernas y tripulaciones de medio pelo. Por su especialidad impartía mecánica a los alumnos de garantía social, una especie de sumidero al que se envían los estudiantes que se niegan a estudiar para darles algún certificado. El grupo que le tocó a R. estaba formado por los imbéciles e idiotas que convierten su ignorancia en virtud. Cuanto más acémilas mejor, y estar con ellos es un ejercicio de paciencia que no todos los profesores soportan. Algunos han dejado la enseñanza, pero R tenía mucho mar encima y el follón estúpido de aquellos grumetes no lo acobardó. Al tercer día de clase, aún en la fase de tienta del profesor, el capitán pidió silencio varias veces y como no lo obtuvo metió la mano en su sobaco, extrajo un revólver que resplandeció ante los granujas de garantía social y de nuevo les pidió que se callaran. Se quedaron paralizados y no fueron necesarias más peticiones. Desde aquel día también a R, lo acompaña el silencio en sus clases.

24 enero 2008

Encrucijadas

¡Cuántos caminos podemos explorar en la infancia! La aventura se vive en cualquiera senda y en cualquier bosquecillo se oculta una selva. Yo escogí algunos, pero otros se me aparecieron azarosamente como un rastro leve que perdí a los pocos pasos. ¿Y si hubiese continuado? ¿Dónde estaría hoy?

El primer desnudo que recuerdo —no lo he olvidado nunca— me cayó del cielo cuando al cruzar corriendo el puente sobre la piscina, vi un cuerpo de leche sentado en la hierba. El halcón de mi corazón plegó las alas arrojándose en picado al suelo. Azorado me arrastré bajo el pretil para espiar a la niña, pero su madre, distraída, ya la tapaba con una toalla. Nos miramos en silencio desde la distancia insalvable de dos veraneantes que se cruzan un segundo en toda la vida. De haberla conocido ¿qué habría sido de nosotros?

Semanas más tarde se unió a la pandilla D, una asturiana pecosa y con dos trenzas saltarinas que yo me empeñaba en anudar sobre su cabeza. Era tan guapa que no me atrevía a mirarle a los ojos. Yo la seguía embobado y de su mano visité rincones desconocidos del pueblo. También supe dónde quedaba exactamente el corazón y que no podía besarla porque me ahogaba. Al terminarse el verano, el día que se marchó, prometimos vernos siempre. Fue nuestro último verano.

Años después supe que D no había sido feliz. Que se casó malamente y que tuvo un hijo que un día le dejó a su madre mientras ella buscaba su camino estrellándose contra un camión.

12 enero 2008

Obituario

Sir Edmund Hillary y Ángel González. Dos extremos que me tocan

05 enero 2008

Informe PISA

Los he visto en Navidad. Han pasado 15 años y no me habló de sus coches: ahora juega al golf, sus abogados se encargan de sus negocios y está más gordo. Tiene otra hija y la que yo conocí ya es una jovencita universitaria preocupada por “qué me pongo” y por su nuevo Mini que ha preferido al Audi A3.
Los vi recién llegados de Londres. Sólo me detallaron su visita al mausoleo del novio de Lady Di en Harrods: la madre y la niña se explayaron en lo que entendí –seguramente mal, como tantas veces— es rococó de purpurina. No sé; nunca iré a verlo.
El fin de año en Baqueira y después la madre y las dos hijas a París, a Disney…
Me despedí hasta la próxima vez y no me imagino cómo seremos dentro de 15 años.

30 diciembre 2007

Obispo

Estoy de acuerdo con el obispo de Tenerife Bernardo Álvarez: las tentaciones son irresistibles. Lo sabíamos bien los niños malos que escapábamos de las caricias del padre prefecto, de las fotos que Pachocha te sacaba para su álbum íntimo o de las excursiones de Topolino por las duchas del vestuario. Los niños malos huíamos con nuestras risas maliciosas, con nuestras lascivias infantiles; pero los niños buenos, en cambio, eran inocentes y por eso el padre prefecto les metía la mano en la bragueta para masturbarse, y Pachocha los llevaba a su celda para fotografiarlos desnudos, y Topolino se abrazaba a ellos con la misma pasión que el padre P. los besaba. Comprendo al preocupado obispo de Tenerife: los niños malos van al infierno porque no son buenos.

15 noviembre 2007

Solpor

Ya anochece pero el cielo y el mar aún conservan la última pincelada del sol. No hace frío y las gaviotas alborotan el aire al retirarse. Nosotros también regresamos a casa deslumbrados por la belleza del paisaje. Conducimos arrullados por el silencio de la emociones vividas en los cantiles mientras los demás coches nos adelantan con sus niños absortos en los DVD de los asientos.

04 noviembre 2007

Nueva Cocina

La sociedad occidental se ha tecnificado tanto, que para mover toneladas de roca o perforar túneles cavernosos sólo ha de manejarse la palanquita de una máquina gigantesca. Este enorme avance ha transformado a la “fuerza de trabajo” en una panda de comodones incapaces, no ya de la revolución, sino de zamparse un reparador cocido. Tamaño decaimiento calórico llenó de melancolía los figones que vieron como sus tarteras regresaban casi llenas de las otrora mesas proletarias.
Afortunadamente algunos visionarios hallaron la salida de su tristeza en una especie de involución ptolemaica en la que el comensal cedía su protagonismo a la blancura circular del gran plato, en cuyo microcentro cristalizaba la nueva ración de los nuevos alfeñiques. Lo diminuto, lo liviano, lo excéntrico, pasó a convertirse en la consigna protagonista de los líderes gastronómicos. Y así la espuma de cocido sustituyó al cocido, los higaditos al hígado y el nitrógeno a la salsa. ¡Se había descubierto un nuevo mundo sin calorías! A partir de ese hallazgo el adjetivo sería sustantivo, el nombre objeto, el adorno sujeto y los cocineros gurús. Tanto éxito tuvo la fórmula de lo mínimo y de los alimentos bajos en calorías que pronto se aplicó al resto de oficios en crisis. La Literatura se convirtió en premios de literatura, el Arte en fascículos y visitas guiadas a los museos, y la Ciencia en la divertida casa de todos. Un mundo de comensales felices.
Tal vez por esto algunos raros, avergonzados de su apetito, busquen tascas y tabernas en las que poder sopetear una salsa.

06 octubre 2007

Cita


La tinta ya palidece en mi cuaderno de 2001. El año de la odisea espacial, un 11 de febrero, apunté una cita de W. Faulkner. Un texto recordado, tal vez leído en los ochenta, en los Relatos de Bruguera; nada literal. Un sarcasmo homérico de mi parca memoria.

Pensé entonces en la mujer de treinta años, símbolo de la antigua y eterna serpiente, que quienes son capaces, actúan, y aquellos que no lo son, y sufren suficientemente por no serlo, escriben sobre ella.

10 septiembre 2007

Inter pares


Me contaba mi abuelo que en los primeros años del siglo pasado, en una visita del rey Alfonso XIII a Galicia, le presentaron a Don Rufino, el párroco de A Pobra do Caramiñal. Este, al saludarle, le preguntó con familiaridad de clérigo rural: ¡Hola Alfonsito! ¿Qué tal está mamá? La respuesta, que la hubo, la he olvidado.
Mi abuelo, suscriptor de La Codorniz, se desternillaba al contarme esta anécdota.
Pero la que más gracia le causaba era la del cura de Noia que en una misa, desde el púlpito, levantando el dedo de la mano derecha advertía a los fieles con voz salida del tabernáculo: Decía Jesucristo, y yo estoy de acuerdo con él, que… mi abuelo se tronchaba.

04 septiembre 2007

Templarios

Me considero un conductor kantiano, o cartesiano si el alemán suena a demasiado riguroso. Cuando hay una señal de 50 yo circulo a 50 y si es de 120 igual. Con un cuentakilómetros anual que ronda la cifra de 40.000 no puedo estar pendiente de los puntos, de los radares, o de los guardias agazapados entre la maleza. Cumplo lo que dicta la norma y viajo sin preocuparme de multas, retiradas de carné y demás amenazas.
Este domingo, al regresar de un viaje exploratorio por los recovecos galaicos; circulando en una paciente caravana, vi a través del retrovisor un rosario de luces que rugía al adelantar a los coches. Eran motoristas de motos caras y potentes, embutidos en sus monos de cuero, montados en unas máquinas enormes; acordes con la edad de sus pilotos. Su diversión consistía en adelantarnos aparatosamente sin importarles las curvas, la raya continua, o el límite de velocidad impuesto. Todos juntos, bramando y escandalizando a las ancianas que tomaban el sol en las aceras. Una hazaña.
A los pocos kilómetros me los encuentro parados, interrumpiendo el tráfico en medio de la calle. Toco la bocina para que se aparten y el que parecía el jefe, un hombre de unos 40 años, me mira con la mirada colérica que provocan los estorbos cuando uno se cree el rey de la carretera. Yo también lo miré con la mirada colérica que me provocan los imbéciles. Se apartó haciendo rugir su moto como un dragón dispuesto a comerme. Continué mi camino y de pronto, al cruzar un puente, me acordé de la Edad Media y sus órdenes militares.

21 agosto 2007

Moralia

En el norte de España se disputa una competición de deporte rural que consiste en que una pareja de bueyes arrastre por el campo un peso cercano a las dos toneladas. El pastor azuza y guía a los bueyes que tiran encorvando sus cuerpos de músculos entrenados. Cuando por algún escollo del terreno no pueden continuar –cuenta el pastor en el reportaje de televisión— el buey listo se para y no empuja más. Sin embargo, el buey tonto sigue insistiendo inútilmente hasta la extenuación. Con los belfos espumados y la mirada perdida, el buey tonto y el pastor triste se retiran derrotados de la prueba. Los acompaña el buey listo, seguramente distraído en sus cavilaciones bovinas.

02 agosto 2007

Cementerio


¡Cuánto esfuerzo necesitó este muro! Lo construyeron hombres antiguos que acarrearon las piedras desde los montes, y les dieron vueltas en sus manos ásperas buscándoles el encaje conveniente para su forma irregular. Después taparon las rendijas con otras piedrecillas para aplomarlo en su labor medianera entre los dos reinos.
Este muro se levantó y conservó durante años gracias al trabajo común de abuelos, padres e hijos; gracias a su voluntad para mantenerle erguido el porte con el que cumplió su misión sagrada: recordarle a los vivos sus raíces, marcar la tierra con la rocosa firmeza de sus cimientos para respetar la soledad de los difuntos.
Hoy el muro envejece encanecido por los líquenes y musgos que lo cubren. Ya no le sirve a nadie porque los vivos se han marchado, pero él permanece, encorvado, cuidando los huesos que le encomendaron los muertos que hoy descansan a su pie.

19 julio 2007

Boy scout

A los seis años se está descubriendo el mundo. Las voces desconocidas, el olor de las habitaciones en las que nunca entraste, los colores de las nubes que nunca viste, te sorprenden e intrigan a la vez. Hay tantos misterios, tantos caminos que explorar. Conviene que alguien te guíe, que te acompañe en la expedición diaria que representa la vida a esa edad. Hacerlo solo retrasa el aprendizaje, lo entorpece con temores y dudas que otros ya han resuelto. M, mi niñera; una jovencita de dieciocho años, me enseñó algo que sin ella tardaría mucho en conocer.
Todas las noches, después de darme la cena y contarme un cuento, me acostaba. Después venía mi abuela y rezábamos juntos el “Jesusito de mi vida” y al final, cuando ya había terminado el libro de cada noche, se acercaba el yayo de puntillas y me daba otro beso pequeñito, que era la señal para dormirme.
Pero una noche M se echó a mi lado y me dijo: ¡Estoy tan enfermita! Yo, dispuesto a jugar, me subí sobre su vientre y le tomé la fiebre como hacía mi abuelo con los enfermos.
- Si doctor, no me encuentro bien: me duele aquí — y se señaló la garganta.
- Habrá que mirarla – le dije mientras le abría el botón de la camisa. Noté como si una lagartija corretease entre las piedras, algo que nunca había sentido hasta ese momento.
- Es por aquí, doctor – le abrí otro botón más, y percibí que su cuerpo se esponjaba cuando le pedí que respirase. Me señaló un punto más abajo: es aquí…, cerca del corazón… y yo le puse mi mano donde me indicó, y sentí sus palpitaciones como si latiesen en mi pecho cuando de pronto llamaron a M desde abajo. Dio un salto, se abrochó la camisa, me arropó, y yo noté en el aire y en su azoramiento, que habíamos entrado juntos en una habitación mágica a la que tardaría muchos años en volver.

13 julio 2007

Marxismo

Cuando los camareros son más educados que los clientes, y los coches más elegantes que sus dueños, la superestructura se sube a cuatro patas sobre la infraestructura.

04 julio 2007

ATL

Supongo que los filólogos disfrutan, o sufren, ante la cantidad de acrónimos que desean figurar en el diccionario. Es un torbellino de siglas que se obstinan en lograr una entradita sustantiva en el DRAE. Si la consiguen, dentro de muchos años, su historia formará parte de la etimología, y otros filólogos, tal vez, se preguntarán cuál fue el origen de esta costumbre tan electrónica de usar Acrónimos de Tres Letras.
Un ejemplo diario lo representa el nacimiento de un nombre derivado de USB, que por ahora, y tal vez fue así siempre, vacila entre llamarse “lápiz”, “uesebe” “llavero”, “memoria”, “pendrive”, etc. Yo, quizá por su aroma de bajo fondo, le llamo “pincho”, y sentir sus cachas de plástico en el bolsillo, me tranquiliza tanto que no puedo salir sin él.

27 junio 2007

La yenka

Me preguntaron los alumnos de primero de bachillerato, cómo podrían saber cuándo una persona es de derechas o de izquierdas. Largo me lo fiaron—son jóvenes— , así que después de avisarles de la complejidad de las sociedades occidentales modernas, de la inconsistencia e incompletud de los discursos políticos, del “ser auténtico”, de la diferencia entre el plano de la acción y el plano del lenguaje, y de cuanta jerga filosófica estudiamos este año, les propuse un juego: les daría unas características ( improvisadas sobre la marcha) sin especificar a qué opción correspondían, y ellos tenían que clasificarlas en izquierda o derecha según su criterio. Como colofón deberían clasificarme a mí.
Unos siempre temen algo o a alguien, los otros suelen ser confiados. Para unos la ley o la norma regula la convivencia, los otros suelen ser más “entrópicos”. Otra característica es que la jerarquía manda para unos y a la jerarquía se le obedece para los otros. También los méritos y la excelencia, son genéticos o fruto del esfuerzo individual en una opción, y genéticos o fruto del esfuerzo colectivo en otra. Las cosas del mundo pueden ser de otra manera para unos, o son como son en los otros. Unos suelen ser ingenuos y los otros “listos”, etc.
El resultado fue bastante homogéneo, y como era de suponer cuanto más imprecisa era la característica más variable era la clasificación. Sin embargo, algo debí de de hacer mal pues, al clasificarme, salió un resultado curioso: para unos tenía características de derechas y para otros, en igual proporción, las tenía de izquierdas. ¿Me estaré haciendo viejo?

12 junio 2007

Finitud

Fin de curso, fin de año, fin de mes, fin de semana... Somos seres finitos hasta en la felicidad.

30 mayo 2007

G=9,8

En el bachillerato de tres reválidas y Preu que estudié, don Arturo sobresale por ser el más estrambótico e ignorante de todos mis profesores. Y el más recordado.
Encargado de enseñarnos Física en preuniversitario, nos espiaba de reojo para saber si un problema se había resuelto debidamente. Si asentíamos, lo daba por bueno; si negábamos, se liaba a tortazos con el que estuviese en el encerado. Librarse de aquellas tundas, incluso perseguidos a la carrera por el patio, formaba parte de nuestra esmerada educación.
Llegaba siempre tarde al “laboratorio”. Embozado en su gabardina de cuello subido, sólo se desprendía de ella cuando la primavera ya no tenía vuelta. Entonces se vestía con una americana gris y una corbata negra: los colores que anunciaban el verano.
La clase comenzaba con el rito de plantarse frente a nosotros, ponerse un celtas en los labios e incinerarlo de una sola calada que terminaba en el burladero de su bigote. Se sacudía la ceniza de la corbata, aplastaba la colilla en el suelo con un vaivén del zapato y con voz de tenor retirado, humeante, nos preguntaba: ¿Qué toca para hoy? Y para hoy, como para todos los días, tocaban risas y hostias a mansalva.
No es que don Arturo fuese malo, es que tenía que vivir, y en aquel país de “escala en hifi” y panderetas, de pluriempleos y emigración, que un profesor de Física no supiera calcular la gravedad ni en la Luna ni en la Tierra, resultaba una tontada incomparable con el Trabajo=T, que pagaba la letra del seiscientos a fin de mes. Con mantenernos a raya bastaba.
¡Es usted un burro! avisaba antes del mandoble y nosotros, curtidos en torturas variadas, esquivábamos el bofetón con un misericordioso quiebro de cintura. Nunca le rechistamos salvo para recordarle que sus enseñanzas no figuraban en el libro de texto. ¡Don Arturo, que eso el libro no lo trae! le avisábamos todas las tardes con una cantinela cuyo eco, melancólico y lluvioso, se ilumina tenuemente hoy con el recuerdo de don Arturo, y su brasa encendida en la penumbra de aquel laboratorio.

20 mayo 2007

Elecciones

Me crucé con él en la calle. Iba por la otra acera, rodeado de guardaespaldas, secretarios y políticos locales. Sonreía y saludaba afablemente a los ciudadanos. Me vio de soslayo, sin querer, y su sonrisa se congeló durante un segundo: demasiado tiempo. Un social avispado ya nos habría descubierto.
Después de treinta y cinco años, tal vez haya olvidado que nunca pudimos saludarnos en público, que siempre nos vimos a escondidas, en pisos clandestinos, rodeados de obreros, profesores y estudiantes que luchábamos por un futuro que nada tenía que ver con estos ajetreados días en los que él es Presidente y yo vivo en la sombra.

13 mayo 2007

Consuelo

Gracias a su formación científica y racionalista, sabe que el duelo dura aproximadamente seis meses y que después, el tiempo, remansará las aguas de su dolor.
Quedarse viudo a los cuarenta años le añade, al sufrimiento de la ausencia irremediable, la rabia porque la mala suerte te haya robado el futuro que tus amigos disfrutarán incólumes hasta la vejez. Ellos seguirán paseando con sus mujeres y te saludarán apenados por tu desgracia.
Ahora necesita estar solo y refugiarse en los recursos que una mente tan instruida como la suya posee. Por eso se entiende que al llegar a casa se vista con el chándal azul que ella usaba, se cubra el pelo con su pañoleta y se dedique a cumplir los deseos y costumbres que tenía su mujer. Ordena el estudio, prepara con esmero la comida del día siguiente y antes de acostarse resuelve el crucigrama que a él nunca le salía.
Se pone su pijama de muñecos y en la cama, tan grande ahora, duerme en el lado derecho: su lugar. Por la mañana se viste sin hacer ruido, besa el hueco aún caliente que ella ha dejado y se despide como siempre lo hizo: Adiós mi amor. Hasta la tarde.

29 abril 2007

Mondrian-composition A-1923

La luz entra en el salón de actos por la cristalera de su fachada Este. Una enorme celosía de marcos de hierro forjado y doble cristal. En la base, un antepecho recorre el salón de un extremo a otro. Yo me apoyo en él mientras vigilo, distraído, el examen de los alumnos.
Sin saber cómo ni por qué, sin presentimientos ni intuiciones, sin motivo, camino hacia el centro del salón. Cinco ó seis pasos nada más cuando escucho detrás de mí un enorme estruendo. Me giro y veo que uno de los marcos se desprende y guillotina el aire hasta el lugar que yo ocupaba. Mi aura, que aún sigue allí, yace decapitada en el suelo entre cristales rotos.
Los alumnos gritan asustados: ¡¡Profe, profe, te salvaste de milagro!! y yo los tranquilizo y les informo de que sospecho que los dioses no me quieren a su lado.