Boy scout
A los seis años se está descubriendo el mundo. Las voces desconocidas, el olor de las habitaciones en las que nunca entraste, los colores de las nubes que nunca viste, te sorprenden e intrigan a la vez. Hay tantos misterios, tantos caminos que explorar. Conviene que alguien te guíe, que te acompañe en la expedición diaria que representa la vida a esa edad. Hacerlo solo retrasa el aprendizaje, lo entorpece con temores y dudas que otros ya han resuelto. M, mi niñera; una jovencita de dieciocho años, me enseñó algo que sin ella tardaría mucho en conocer.
Todas las noches, después de darme la cena y contarme un cuento, me acostaba. Después venía mi abuela y rezábamos juntos el “Jesusito de mi vida” y al final, cuando ya había terminado el libro de cada noche, se acercaba el yayo de puntillas y me daba otro beso pequeñito, que era la señal para dormirme.
Pero una noche M se echó a mi lado y me dijo: ¡Estoy tan enfermita! Yo, dispuesto a jugar, me subí sobre su vientre y le tomé la fiebre como hacía mi abuelo con los enfermos.
- Si doctor, no me encuentro bien: me duele aquí — y se señaló la garganta.
- Habrá que mirarla – le dije mientras le abría el botón de la camisa. Noté como si una lagartija corretease entre las piedras, algo que nunca había sentido hasta ese momento.
- Es por aquí, doctor – le abrí otro botón más, y percibí que su cuerpo se esponjaba cuando le pedí que respirase. Me señaló un punto más abajo: es aquí…, cerca del corazón… y yo le puse mi mano donde me indicó, y sentí sus palpitaciones como si latiesen en mi pecho cuando de pronto llamaron a M desde abajo. Dio un salto, se abrochó la camisa, me arropó, y yo noté en el aire y en su azoramiento, que habíamos entrado juntos en una habitación mágica a la que tardaría muchos años en volver.

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