Nueva Cocina
La sociedad occidental se ha tecnificado tanto, que para mover toneladas de roca o perforar túneles cavernosos sólo ha de manejarse la palanquita de una máquina gigantesca. Este enorme avance ha transformado a la “fuerza de trabajo” en una panda de comodones incapaces, no ya de la revolución, sino de zamparse un reparador cocido. Tamaño decaimiento calórico llenó de melancolía los figones que vieron como sus tarteras regresaban casi llenas de las otrora mesas proletarias.
Afortunadamente algunos visionarios hallaron la salida de su tristeza en una especie de involución ptolemaica en la que el comensal cedía su protagonismo a la blancura circular del gran plato, en cuyo microcentro cristalizaba la nueva ración de los nuevos alfeñiques. Lo diminuto, lo liviano, lo excéntrico, pasó a convertirse en la consigna protagonista de los líderes gastronómicos. Y así la espuma de cocido sustituyó al cocido, los higaditos al hígado y el nitrógeno a la salsa. ¡Se había descubierto un nuevo mundo sin calorías! A partir de ese hallazgo el adjetivo sería sustantivo, el nombre objeto, el adorno sujeto y los cocineros gurús. Tanto éxito tuvo la fórmula de lo mínimo y de los alimentos bajos en calorías que pronto se aplicó al resto de oficios en crisis. La Literatura se convirtió en premios de literatura, el Arte en fascículos y visitas guiadas a los museos, y la Ciencia en la divertida casa de todos. Un mundo de comensales felices.
Tal vez por esto algunos raros, avergonzados de su apetito, busquen tascas y tabernas en las que poder sopetear una salsa.

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