Capitán
Es cierto que la violencia escolar refleja la de la sociedad. En la época franquista la violencia la ejercían los profesores autoritarios y reprimidos –no todos lo eran, claro—, y hoy la practican mozalbetes cuya vida ya viene rota de fábrica.
La violencia en las aulas no es mayor que la que se puede encontrar en la ciudad. Sólo varía el espacio, pequeño, que te impide cambiar de acera cuando adivinas una bronca. En clase, el violento convive próximo a nosotros y afrontar una hora de insultos, desprecio y vejaciones es una tortura que sólo los que la sufren pueden comprenderla hondamente. Conozco a una profesora que ha tenido que cambiarse de ciudad para poder vivir normalmente. También conozco alumnos que han sufrido el mismo suplicio.
¿Qué hacer para resolver esto? No lo sé. Confieso que hace años un alumno me insultó gravemente en el aula, que yo lo estrellé contra la pared y que desde ese momento se convirtió en mi perrito faldero. Mi prestigio entre los macarras se catapultó hasta conseguir que mi presencia fuera sinónimo de silencio.
Claro que para prestigio el de R, capitán de la marina mercante bregado en galernas y tripulaciones de medio pelo. Por su especialidad impartía mecánica a los alumnos de garantía social, una especie de sumidero al que se envían los estudiantes que se niegan a estudiar para darles algún certificado. El grupo que le tocó a R. estaba formado por los imbéciles e idiotas que convierten su ignorancia en virtud. Cuanto más acémilas mejor, y estar con ellos es un ejercicio de paciencia que no todos los profesores soportan. Algunos han dejado la enseñanza, pero R tenía mucho mar encima y el follón estúpido de aquellos grumetes no lo acobardó. Al tercer día de clase, aún en la fase de tienta del profesor, el capitán pidió silencio varias veces y como no lo obtuvo metió la mano en su sobaco, extrajo un revólver que resplandeció ante los granujas de garantía social y de nuevo les pidió que se callaran. Se quedaron paralizados y no fueron necesarias más peticiones. Desde aquel día también a R, lo acompaña el silencio en sus clases.

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