24 enero 2008

Encrucijadas

¡Cuántos caminos podemos explorar en la infancia! La aventura se vive en cualquiera senda y en cualquier bosquecillo se oculta una selva. Yo escogí algunos, pero otros se me aparecieron azarosamente como un rastro leve que perdí a los pocos pasos. ¿Y si hubiese continuado? ¿Dónde estaría hoy?

El primer desnudo que recuerdo —no lo he olvidado nunca— me cayó del cielo cuando al cruzar corriendo el puente sobre la piscina, vi un cuerpo de leche sentado en la hierba. El halcón de mi corazón plegó las alas arrojándose en picado al suelo. Azorado me arrastré bajo el pretil para espiar a la niña, pero su madre, distraída, ya la tapaba con una toalla. Nos miramos en silencio desde la distancia insalvable de dos veraneantes que se cruzan un segundo en toda la vida. De haberla conocido ¿qué habría sido de nosotros?

Semanas más tarde se unió a la pandilla D, una asturiana pecosa y con dos trenzas saltarinas que yo me empeñaba en anudar sobre su cabeza. Era tan guapa que no me atrevía a mirarle a los ojos. Yo la seguía embobado y de su mano visité rincones desconocidos del pueblo. También supe dónde quedaba exactamente el corazón y que no podía besarla porque me ahogaba. Al terminarse el verano, el día que se marchó, prometimos vernos siempre. Fue nuestro último verano.

Años después supe que D no había sido feliz. Que se casó malamente y que tuvo un hijo que un día le dejó a su madre mientras ella buscaba su camino estrellándose contra un camión.