Mi casa
Nos construimos con el material que tenemos a mano. El terreno, la forja y los cimientos nos vienen dados por la herencia; pero mampostería, muebles y ornato lo escogemos nosotros según el gusto, apetencia y posibilidades de cada uno. La dignidad del edificio es nuestra responsabilidad.
En mi casa, alquilada como lo es la vida, hay varias habitaciones con un cartelillo en el dintel que informa de cual es su uso. Según se entra, a la izquierda, está la sala de la Filosofía, repleta de libros que me ocupan días de feliz estudio; de la Ciencia, una hija muy querida de la señora anterior, y de las Aficiones, en las que acuarelo papeles y garabateo improbables publicaciones. Paso muchas horas en este recinto desordenado y querido en el que ahora escribo mientras afuera llueve.
A la derecha está el salón de la Literatura, de la Poesía, de la Música y el Cine. Allí, en mi sofá acogedor, leo, escucho y veo las obras que algún día me permitirán abandonar mi cultura palafítica.
Al fondo del pasillo está la habitación de Montaña. En ella hay libros — bueno para ser sincero libros los hay en toda la casa, pasillo incluido—; quiero decir, que en esa habitación sólo hay libros montañeros, revistas, planos, además de hierros, pinchos y cuerdas para trepar por los riscos que frecuento.
Por último está la habitación más importante de la casa. Dentro no hay nada, está vacía y permanece tan cerrada y prohibida como la de Barba Azul. El cartelillo pone: Ajedrez.
La cerré a los diecisiete años después de tres acontecimientos casi consecutivos: soñar obsesivamente que la vida era un tablero de escaques blancos y negros, ganarle a un campeón local y, en el café Avenida de Santiago, hacer tablas con un jugador federado delante de un numeroso público que me auguró un gran porvenir ajedrecístico. Ese día comprendí que el Ajedrez no era una pasión solitaria, y que un contrincante era una multitud excesiva para mi carácter. Aquel día cerré la habitación para siempre y nunca la he vuelto a abrir.

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